Un proverbio de Wall Street reza: “Una marea creciente levanta todos los barcos.” Y así se cumplió un lunes de Junio de 2017 cuando Argentina obtuvo financiamiento a través de bonos a 100 años, Argentina así se unía al selecto club de países formado por Mexico, el Reino Unido e Irlanda. En cierto sentido una señal positiva, dado que el país podría volver a financiarse.

En un mundo en el que varios países de Europa y Asia ya experimentaban con tasas de interes negativa, muchos inversores optaron por olvidar el colorido historial de crédito de nuestro país, 8 defaults en 200 años. Jeremy Grantham, co-fundador de GMO y quien predijo las dos últimas burbujas financieras, ya había postulado la idea de una década de retornos (ultra) bajos.

La efervescencia inicial a la que nuestro país pudo financiarse aquel día del 2017 fue luego reemplazada por una mayor cautela con respecto a nuestro país y sus finanzas. El boom financiero en Estados Unidos continuó sin pausas y podriamos decir incluso que se aceleró hasta mediados de febrero de este año, cuando la realidad de una pandemia fue la cáscara de banana que hizo dudar momentaneamente la dirección de los índices bursátiles en Estados Unidos.

El impacto fue rápido y quizás convenció a muchos de la necesidad de cerrar la economía. Esta señal se transmitió como un reguero de pólvora a todo el convoy ferroviario de una economía que parecía no tener límites en términos de generación de empleo y desafío de las reglas de valuación de activos financieros. Ese freno repentino impacto inmediatamente en cuantiosas pérdidas de empleo, que esta semana parece haber empezado a revertirse aunque ahora algunos dicen que fue un error de cálculo, y también en un gigante con pies de barro… el mercado crediticio. En este caso el daño puede ser un poco más permanente y de difícil solución.

El mercado se recuperó, por lo menos el Nasdaq, en la última semana; aunque son solo cinco las acciones que cargan con el resto de los índices… las llamadas FAAMG (Facebook, Amazon, Apple, Microsoft y Google), representan aproximadamente un 20% del índice S&P500. La última vez que observamos algo similar fue a principios del 2000, cuando llegaron a representar un 18% y ya sabemos como terminó la historia.

En este marco insostenible es que vemos una cálida voluntad negociadora de los principales tenedores de bonos argentinos. Buscan algo seguro de cara a un futuro más incierto, quizá no con una segundo cierre de las economías pero si con posibilidades que los índices bursátiles se pongan al día con las noticias y corran una vez más en búsqueda de resguardo o como dice ese dicho popular: “Más vale pájaro en mano que ciento volando.”